La historia de una sobreviviente del genocidio armenio que a los 2 años llegó a Buenos Aires

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“Yo no tengo rencor porque no es de cristiano tener rencor contra nadie pero durante los días en que se recuerda la matanza de tantos armenios a mí me agarra mucha tristeza”, dice Elisa, a los 98 años.

Elisa Mahdjoubian tiene 98 años pero, sin embargo, posee una lucidez que le permite recordar con bastantes detalles cómo debió abandonar junto a sus padres y a sus dos hermanos Constantinopla, capital del imperio otomano, en medio del genocidio armenio que mató a 1.500.000 de personas. Tras casi tres meses de viaje, el barco los condujo hacia la Argentina donde se decía que “había mucho dinero y prosperidad”.

Ella y su familia, cuenta, dejaron todo y se vinieron con lo puesto. Tomaron el primer barco que encontraron (el Vapor Alsina) y a pesar de que atracaba en Marsella (Francia), prefirieron ir mas lejos para arribar a Buenos Aires en enero de 1923.

Y de esa travesía Elisa recuerda como si fuera ayer una travesura que con el correr del tiempo se fue transformando en una anécdota que fue compartiendo con sus hijas, nietos y bisnietos. “En el barco yo venía con unos zapatitos, me saqué uno de ellos y lo tiré al agua. En ese momento se armó un lío bárbaro porque mi mamá y mi papá se enojaron mucho porque estuvimos mucho tiempo viajando y a mi me faltó ese zapato”, rememora, entre risas.

Mi Buenos Aires querido

No bien llegaron a Buenos Aires los enviaron a un hotel de inmigrantes donde una gran cantidad de gente dormía en una misma habitación que no tenía luz. Mientras, los hombres salían a buscar trabajo de “cualquier cosa”. Como el papá de Elisa, Onnig, era sastre y confeccionaba trajes para una importante empresa en Estambul, se anotó en una sastrería y le dieron el empleo.

En ese hotel estuvieron a lo sumo un año, dice Elisa, sin recordar con tanta precisión. Luego, alquilaron una habitación y a medida que le fueron dando más trabajo a su papá empezaron a tener más ingresos y pudieron ahorrar para alquilar un lugar más amplio en la calle Acevedo ( en Villa Crespo) que contaba con una habitación extra donde trabajaban los empleados que fue contratando. “Siendo una niña me pusieron la plancha con la punta hacia afuera y yo sin tocar el fuego tenía un montón de cintas para planchar. Si yo planchaba todo eso me dejaban jugar, sino no. No iban a contratar una persona para esa tarea”, recuerda.

Una mujer sin rencor

Las atrocidades cometidas contra el pueblo Armenio por el Imperio Otomano y el Estado de Turquía durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial y años anteriores y posteriores a ésta, se denominan el Genocidio Armenio. El pueblo Armenio fue sujeto a deportaciones, expropiaciones, secuestros, tortura, masacre e inanición. La gran mayoría de la población Armenia fue forzosamente removida desde Armenia y Anatolia a Siria, donde una gran parte de la población fue enviada al desierto para morir de hambre y sed. Un gran número de Armenios fueron masacrados a lo ancho y a lo largo del Imperio Otomano. Mujeres y niños fueron raptados y brutalmente abusados. Toda la riqueza del pueblo Armenio fue expropiada. En todo ese tiempo fueron asesinados 1.500.000 de armenios.

Por aquellos años su mamá le contaba que los turcos abrían con sus espadas los vientres de las mujeres armenias embarazadas delante de los familiares a quienes obligaban a presenciar semejante acto perversión. Sin embargo, después de mucho tiempo Elisa elige colocarse lejos del odio y de la venganza, aunque sí insiste en perpetuar la memoria. “Yo no tengo rencor porque no es de cristiano tener rencor contra nadie pero durante los días en que se recuerda la matanza de tantos armenios a mí me agarra mucha tristeza”.

“Una modista con mayúsculas”

Elisa fue primero a un jardín de infantes (que en esa época se llamaba asilo) al tiempo que a su papá comenzó a irle cada vez mejor en su trabajo e hizo edificar una casa de dos pisos en la calle Cabezón en Villa Devoto.

“Lo que más me quedó en la memoria era jugar con los hijos de todas las familias que conocíamos, era una casa como si fuera una medialuna y las piezas estaban más altas que el patio porque se inundaba y en ese escaloncito nos dejaban bajar a todos los chicos y jugábamos mientras los adultos trabajaban”.

Elisa estudió hasta Sexto Grado y a eso de los 15 años se entusiasmó con la idea de coser. Empezó a enterarse de casamientos y de cumpleaños dentro de la comunidad armenia y comenzó a coser ropa para varios de esos festejos. En ese momento, cuenta, arrancó a ganar dinero. Se recibió de modista y se dedicó especialmente a trajes de novia y vestidos de 15 y de madrinas.

“Siguió los pasos de su padre, fue maestra de corte y confección, una modista con mayúsculas, realmente amaba su profesión. Me contaba que cuando era chica en vez de salir con la familia a pasear en auto prefería quedarse a coser ropita para las muñecas. Y a pesar de tener piano, a ella le gustaba el violín, pero su papá no la dejó porque eso era ´cosa de hombres´”, recuerda Silvia, una de sus hijas.

“Siempre me gustó bailar”

Durante su adolescencia conoció a un hombre argentino, Juan, se enamoró de él y se casó a los 20 años. “Me costó casarme porque mi madre (Lucía) estaba enojada porque yo me había enamorado de un muchacho que no era armenio” recuerda, a la distancia. “Gracias a Dios me tocó un hombre muy bueno”.

Fruto de ese amor nació Diana pero al poco tiempo su esposo falleció. Después de 9 años se casó con José, “Pepe”, con quien tuvo a Silvia, su segunda hija. “Pepe” falleció en 1976.

“Siempre me gustó bailar, yo no sé como no fui bailarina, en todos lados donde había reuniones era una de las primeras en salir a bailar. Me gustaba mucho el tango y los boleros. Mis preferidos eran Pugliese , D´ Arienzo y Mores”.

“Que la haya disfrutado fue muy especial”

A raíz de su maculopatía, desde hace tres años que Elisa vive en una residencia para adultos mayores en el barrio de Villa Urquiza. Si bien no es de salir mucho, hace unas semanas fue al teatro junto a Silvia para ir a ver a su sobrina-nieta, Muriel Mahdjoubian, que es periodista, actriz y bailarina y protagonista de “El vestido de oro”, una obra que tiene mucho que ver con la identidad armenia. Y salió chocha. “Es toda la vida de los armenios y los turcos, les va a encantar la obra. Todos se peleaban entre sí pero la protagonista se enamora de un turco y comienza como una especie de guerra. Las actuaciones son muy buenas, la historia, la escenografía, la iluminación. Realmente la pasé muy bien, parecía que estábamos viviendo ese tiempo”.

“Para mí que haya venido a ver la obra es muy emocionante, me conmociona que es una sobreviviente del genocidio y entiende lo que queremos contar en la obra que es un pequeño aporte al reconocimiento del genocidio armenio. Que la haya disfrutado fue muy especial, es la única que nos queda en la familia que vivió ese calvario, esa lucha de llegar a un país nuevo, aprender el idioma, progresar. Fue una noche mágica”, relata Muriel.

Son las 12.00 y Elisa debe volver al geriátrico porque es la hora del almuerzo. Pese a sus casi 99 años, camina ligerito y se despide con una sonrisa, la misma sonrisa que viene contagiando desde hace muchos años a sus seres más queridos.

“Mi mamá, Elisa, de baja estatura, pero una gran personalidad. De ella aprendí a no bajar la guardia y a tener fuerza de voluntad en la vida. Precursora de su generación, me enseñó a superar los prejuicios en cuanto a amor se trata y su espíritu de lucha, gracias a su trabajo de modista, la hizo salir adelante cuando enviudó por primera vez”, concluye Silvia sobre su mamá.

 

PUBLICADO EN LADO H

 

 

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