Con mucho sacrificio, armó un gimnasio en su propia casa para salir adelante con sus tres hijos

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“El secreto está en hacerle entender al otro que siempre puede hacer algo a pesar de tener una discapacidad o de haber pasado por una enfermedad”, dice Silvana. Esta es su historia.

La historia de Silvana Caponi (48) podría resumirse en algunas palabras como perseverancia, amor, empatía, sensibilidad, compasión, tener que reinventarse, nunca bajar los brazos y esperanza, entre otras cosas.

Cuando su hijo mayor tenía cinco años se recibió de profesora de Educación Física en la ciudad de Mendoza. Unos años atrás, estando embarazada, había comenzado a pensar en la posibilidad de tener un gimnasio en su propia casa ya que una amiga y colega tenía esa misma modalidad de trabajo. En ese momento empezó a dar clases a una vecina en el comedor de su casa, luego la fue contactando otra gente por lo que decidió construir un quincho de paja en el patio pero como cada vez se iba llenando de alumnas le iba quedando chiquito.

“Yo veía que esos chicos me sanaban a mí”

A su vez trabajaba en los programas recreativos contratada por la municipalidad de Las Heras dando clases en lugares muy humildes, en plenos campitos desolados. “Me acuerdo que esperaba a los chicos que llegaban desde lugares muy pobres y yo tenía preparados los botes de softball para enseñarles ese deporte. Iba en una bicicleta vieja que me había regalado una vecina y los chicos decían que iban a juntar plata para comprarme una nueva”, recuerda Silvana, a la distancia.

Siempre le llenó el alma trabajar con gente vulnerable y con chicos con algún tipo de discapacidad. Por aquellos tiempos también era voluntaria en la casa La Casa de Ronald McDonald en Mendoza, un espacio de contención y acompañamiento a familias que deben permanecer lejos de sus hogares porque sus hijos necesitan recibir tratamientos médicos por cáncer, trasplantes u otras enfermedades de alta complejidad. “Yo veía que esos chicos me sanaban a mí, los miraba y me preguntaba de dónde sacaban fuerzas para seguir adelante y empecé a escribir sobre la no limitación física de ellos, no podía entender que un niño que salía de quimioterapia se prendiera a jugar conmigo en una actividad”.

Sacrificios para que no les falte nada a sus hijos

El gimnasio lo fue construyendo de a pasitos, como ella misma cuenta. Pero una vez que se separó, hace 15 años, Silvana se puso a pensar de qué manera podía salir adelante para mantener a sus tres hijos. “El gimnasio comenzó a tomar mucha fuerza, empecé con ese pequeño quincho, después hice otro, luego un tercero. Más adelante amplié un pedacito con techo de chapa liviana y me seguía quedando chico. Había mucha gente que me decía que tenía que seguir haciendo cosas, pero yo no tenía plata. Empecé a ver de qué manera podía avanzar. Mi hermano, que es ingeniero, me ayudó a armarlo, me empecé a meter en créditos, mis padres colaboraron y de esa forma empecé a construir un salón de 100 metros cuadrados que me quedó chico. Entonces, tuve que construir uno más y sin querer ya tengo tres salones en el patio de mi casa”, sonríe.

Todo lo que fue logrando Silvana en este tiempo fue a pulmón. Hace 14 años que no se va de vacaciones, trabajando del 1 de enero al 31 de diciembre para salir adelante y seguir invirtiendo. Y el sacrificio tuvo sus frutos. “Hoy tengo un gimnasio (el primero habilitado en Las Heras) hermoso que para mí es como un hijo”, se emociona.

“El secreto está en hacerle entender al otro que siempre puede hacer algo”

“Me fui dando cuenta que mi fuerza también iba movilizando a mis alumnas, tengo mujeres que vienen desde hace 25 años, yo me voy reinventando día a día porque también tengo mucho competencia. Una de las cosas que hice fue irme al aire, hacer actividades aéreas y hoy en día la acrobacia es una de las partes más fuertes del gimnasio. Las mujeres mayores vienen a colgarse, a darse vuelta, a quedar invertidas, a girar sobre su eje, realizan cosas que hacían cuando eran niñas”, dice Silvana. Y agrega: “Me pasó de tener mujeres con cáncer que al principio no podían mover sus brazos, venían entumecidas de miedo y yo trataba de rescatar las cosas que sí podían hacer y eso me llevaba a que pudiera ver sus potencialidades. El secreto está en hacerle entender al otro que siempre puede hacer algo a pesar de tener una discapacidad o de haber pasado por una enfermedad. Y con el tiempo terminaban dando vueltas por el aire, fue maravilloso el vínculo que se creó”.

Silvana cuenta que cada persona que pasó por su gimnasio en estos 25 años le enseñó algo y a su vez ella les dejó sus huellas. Se trata de un mutuo intercambio de afecto, de motivaciones, de fortaleza, de esperanza y, en muchos casos, de amistad. “Entre todas nos ayudamos a recuperar la confianza que, quizás, no teníamos. Con el tiempo fui aprendiendo que el otro podía y que yo también podía, fue un aprendizaje mutuo. Todos los fines de año hago una fiestita en el gimnasio y las chicas siempre me agradecen por cómo me brindo en las clases. Y yo les contesto que gracias a ellas yo saqué adelante a mi familia”, dice Silvana, emocionada.

“Mis hijos siempre me admiraron por la energía que le ponía al trabajo”

Para lograr todo lo que viene haciendo en estos años Silvana cuenta con la invalorable inspiración y el inquebrantable amor que le brindan sus tres hijos: Manuel (24), Bautista (18) y Federico (16) a quienes desea poder llevar, en algún momento, de vacaciones al mar, uno de sus grandes sueños.

“Ellos me apoyan siempre, he dado clases embarazada, con los chicos a upa o tomando la mamadera, me aguantaron mi ritmo. Les invadían la casa, pero ellos toda la vida me respetaron. Siempre me admiraron por la energía que le ponía al trabajo, tienen mucha empatía y compasión hacía mi”, se enorgullece.

Silvana es una persona muy activa que no para de generar proyectos ni actividades. De hecho, el mes pasado organizó en su gimnasio, Vitamina, el encuentro “Mujeres que inspiran a mujeres”, declarado de Interés por el municipio de Las Heras, con la presencia de más de 120 personas.

“Todo el tiempo necesito crear, no puedo estar quieta, estamos en movimiento porque estamos vivos. Se trata de hacer cosas, jugar y eso lo transmito en todas mis clases. Para mí, el movimiento sana y llena el alma, es sentir que estás viva. Todo el tiempo le digo a las chicas que amen su cuerpo, que se respeten como son, que no importa si son piernudas, con un poco de abdomen o con brazos más gorditos. Son mujeres maravillosas y puedan hacer un montón de cosas”.

Contacto:

Facebook: Silvana Roxana Caponi // Club Gimnasio Vitamina

 

PUBLICADO EN LADO H

 

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