“La única manera de rehabilitarme era imaginando que bailaba, mi motor era la danza”

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Ese clic fue cuando la profesora la hizo salir de la silla de ruedas, la desarmaron y Majo tuvo que bailar con cada una de las partes. “Yo quería hacer cosas pero sentía que con la silla no podía, yo abrazaba a esas ruedas como si fueran mis piernas, ese día fue como otro duelo porque tuve que duelar lo anterior para poder encontrarme con lo nuevo. A veces, se duela de a partecitas. Ahí entendí que no era Majo arriba de una silla, simplemente que todo era parte de mí”, confiesa.

Desde que era muy pequeña a María José Benitez Coll (58) le apasionaba la danza. Sin embargo, como en su casa no tenían la posibilidad económica de pagarle los estudios tuvo que esperar recién hasta la adolescencia para ir a una academia donde no solo realizó prácticas, sino que también rindió exámenes y obtuvo un título que la habilitó para dar clases.

A Majo siempre le gustó el tema de la docencia, especialmente cuando podía llevar la danza a sectores marginales donde organizaba diversos festivales artísticos. Más adelante trabajó en un colegio dando folklore hasta que se casó y tuvo sus hijos. A partir de ese momento se dedicó casi full time a su familia. Pero lo que nunca abandonó fue su formación: durante esos años tomó clases de salsa, afro y tap, entre otros ritmos.

“A las pocas horas me enteré que había tenido una lesión medular”

Una vez que los chicos crecieron le volvió a picar el bichito de la danza y comenzó a ser parte de un ballet de folklore para adultos en Hurlingham. Casi paralelamente, había empezado a estudiar Psicología Social. Para finales de agosto de 2006 se fue a un encuentro en Tandil y a la vuelta el auto en el que viajaba, en una rotonda no señalizada donde había una curva muy profunda, volcó dando varias vueltas. “Estuve muy consciente todo el tiempo, pero tuve una lesión por lo que fui internada enseguida y derivada a Terapia Intensiva. A las pocas horas me enteré que había tenido una lesión medular que no se pudo operar enseguida por lo que terminó de complejizar el cuadro, casi una cuadriplejía”, recuerda Majo, a la distancia.

La primera silla que utilizó tras el accidente fue motora porque los médicos que la atendieron le dijeron que sus brazos nunca iban a poder propulsar una silla de ruedas ya que estaban demasiado lesionados y la rehabilitación no le iba a permitir hacerlo. Sin embargo, se habían equivocado.

“Yo estaba en Terapia Intensiva y a mi hermana melliza, María Marta, se le había ocurrido que yo tenía que seguir bailando. Ella había sido alumna en el profesorado de Educación Física de Susana González Gonz, pionera de la Danza Integradora en la Argentina, actividad que realiza desde 1991. Un día la llamó a Susana y le dijo que cómo sea una vez que yo saliera quería que volviera a bailar”.

“Tuvieron que entender que mi motor era la danza”

“La única manera de rehabilitarme era imaginando que bailaba. Para que los brazos se movieran me ponían música y trataba de moverlos como un estímulo. Cuando pude mover un dedo, bailaba con ese dedo. Cuando pude mover la mano, sentía que bailaba con la mano y así, muy de a poquito, empecé a mover el codo, después el hombro y mis kinesiólogos siempre supieron que la mejor forma de rehabilitarme era como si estuviera bailando y de esa manera era como que me transportaban a un lugar que no lo conseguían con ejercicios mecánicos. Tuvieron que entender que mi motor era la danza”.

Cuando la sentaron en una silla de ruedas, en el medio de una rehabilitación que duró 11 meses, Majo empezó a enseñarles a bailar a otras personas lesionadas que compartían el espacio de internación. “Cuando me pude mover, no me podía quedar quieta aunque me decían que me quedara tranquila”.

El clic

“Con mucho miedo fui a la primera clase con Susana y no resultó lo que esperaba porque mi cabeza tenía la estructura de mi cuerpo anterior, me tuve que rearmar en lo que fue un trabajo intenso para reconocer mi cuerpo para poder volver a crear una bailarina, pero desde otro lugar. Durante un tiempo lloraba mientras bailaba hasta que descubrí que podía seguir bailando, no era un antes y un después, era un continuar”.

Ese clic fue cuando la profesora la hizo salir de la silla de ruedas, la desarmaron y Majo tuvo que bailar con cada una de las partes. “Yo quería hacer cosas pero sentía que con la silla no podía, yo abrazaba a esas ruedas como si fueran mis piernas, ese día fue como otro duelo porque tuve que duelar lo anterior para poder encontrarme con lo nuevo. A veces, se duela de a partecitas. Ahí entendí que no era Majo arriba de una silla, simplemente que todo era parte de mí”, confiesa.

 “Esa noche volví a sentir la adrenalina de estar arriba del escenario”

Majo iba a los talleres aunque sabía que existía un grupo que hacía presentaciones a las que muchas veces asistía, mientras soñaba en algún momento poder estar en ese lugar. “Hasta que una vez Susana me convocó para ser parte de una nueva compañía (Grupo Alma) y ahí entré. Enseguida, les dije que tenía la edad para ser la mamá de cualquiera de mis compañeros, pero que si ellos me aceptaban yo me sumaba al desafío de poder demostrar que se podía hacer arte en una silla de ruedas y también más allá de la edad. Lo dije esa vez, pero fui una más”, expresa, con una sonrisa.

Majo no recuerda el lugar donde fue su primera presentación post accidente, pero dice que no se la va a olvidar nunca. Bailó una canción que había elegido (Una palabra de Carlos Varela) y después hizo dos temas de tango en grupo.

“Esa noche volví a sentir la adrenalina de estar arriba del escenario, esos nervios antes de salir a escena, el unirme con mis compañeros, abrazarnos cuando terminamos la función, para mí fue grandioso. Me acompañaron mi marido, mis hijos y mi hermana. Ellos me decían que estaban muy orgullosos de que no haya bajado los brazos, gracias a Dios mi familia siempre me acompañó”.

Enamorada de la docencia

A partir de ese momento siguió bailando junto a Grupo Alma y también la convocó otro coreógrafo para hacer una obra. Además, hizo diversos seminarios de Danza Integradora hasta que le volvieron las ganas de enseñar. “Me llamaron de un instituto de danzas que recién abría en Ituzaingó para dar clases a personas con y sin discapacidad. Yo amo ese lugar, tengo muchas cosas por seguir aprendiendo, pero las devoluciones son favorables. Hay personas que siempre veo que han logrado algo más que antes no hacían”.

¿Qué mensaje le darías a las personas que se encuentran atravesando una situación parecida por la que pasaste vos en el momento del accidente? “Todos tenemos la posibilidad de algo en la vida, he conocido gente que solo movía los ojos. Y esos ojos tienen que ser el motivo de su vida, se tienen que aferrar a lo que consideren que puede rescatarlos, siempre hay una posibilidad de salir adelante cualquiera sea la situación dolorosa que les toca afrontar. Hay que saber pedir ayuda y hay que tener deseos de vivir, cuando eso ocurre lo demás es como que la vida gira sola y en ese giro, cuando te entregás, todo empieza a fluir”.

 

Publicado en Clarín

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